Justiciero Monumental
Texto de Enrique Beas
Justicia apegada al escenario de un hecho trascendental. La simpleza no era recibida por más de cien mil gargantas que abuchearon la oda del Imperio yankee, que no dejaron respirar en mente al meón de Landon y que pactaron con su equipo una tregua de augurios el día que se necesitaba de él para vivir un juego emotivo, digno de nuestro acérrimo rival. Cantaron hasta que se cansaron y entendieron que pocas veces los actos de fe dependen de una comunión. El ritual fue cumplido como lo acostumbra el Justiciero Monumental, el clásico de concacaflandia permitió los destellos vivenciales que comprueban la grandeza del futbol. Mañana otra vez será la canción del ya merito, del quinto partido, el Compayito y de Jorge Campos. Pero hoy, la vida de un aficionado al Tri se detuvo por dos horas para saldar las cuentas de una tribu que soñó una tarde así: pletórica, inaudita y gozosa de una pasión compartida. Davies silenció al monstruo, Castro resucitó la esperanza y Sabah se hizo justicia con su carrera, con sus sueños y anhelos. La amenaza parece verse más tranquila, los norteamericanos se fueron aún sin poder ganar en México y los nuestros perecen haber obtenido la dosis de ánimo que faltaba para entender que hay mucho trabajo por hacer, que no podemos depender de él, que no tenemos que resolver todos nuestros problemas cada que lo vemos listo, pintado de un mismo tono patriotero, con los gritos que llenan nuestra identidad y con los cantos que llenan la ilusión de cada jugador mexicano que pisa el Azteca y revive gracias a su gente. Después del bombardeo mediático, no pasa nada de lo que ya sabíamos. ¡Bienvenidos, bienvenidos! Al 12 de agosto, otro día más donde apareció nuestro gran Justiciero Monumental, el estadio Azteca.

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